CUATRO
Creo que los padres deben besar a sus hijos
¿Qué comodidad podemos encontrar, salvo que nos hagamos
los indiferentes, en no charlar amablemente con nuestros
hijos?
¿Qué felicidad puede tener nuestro corazón al saber que nuestros
hijos no nos cuentan sus cosas mas intimas porque no confían
en nosotros?
¿Cuán bien nos podemos sentir al saber que nuestros hijos no
hablan de sus cosas con nosotros, porque nos tienen miedo,
porque saben que nunca tenemos tiempo para ellos?
¿Cómo nos podemos sentir reconfortados si nuestros hijos
entran por una puerta cuando salimos por otra, o se encierran
en sus cuartos cuando estamos en casa para no tener encontrarnos
inútiles e incomprensibles?
¿Cómo nos podemos sentir al tratar de convencer a nuestros
hijos que nosotros a su edad éramos mejores, mas sanos, mas
responsables, mas sacrificados, mas estudiosos, cuando ni
nosotros mismos estamos convencidos de tales argumentos?
Cuando sabemos que en realidad no les estamos diciendo la
verdad.
¿No es mejor estar persuadidos de que nuestros hijos confían
plenamente en nosotros?
¿Qué cuando tienen algún problema acuden primero a nosotros?
¿No es mejor estar alegres de sentirnos rodeados de aquellos
que son nuestra sangre
que nos quieren, que buscan refugio en nosotros,
que buscan amor en su hogar?
Estas y muchas otras delicias de la vida se encuentran sin lugar
a dudas en ese beso o ese abrazo diario que proporcionamos
a nuestros hijos desde que nacieron.
Esa alegría y felicidad que nos inundó el día que nació cada
uno de nuestros hijos debe mantenerse a lo largo de toda la
vida.
Claro está que, no es fácil criar hijos.
Nadie dijo lo contrario pero,
tampoco nadie pudo demostrar que criarnos a nosotros haya
sido una tarea mucho mejor.
Nuestros hijos son, sin dudas, lo que nosotros hacemos de ellos.
Pues entonces, procuremos hacer de ellos personas sensibles,
amorosas,
autenticas y
sinceras.
Procuremos hacer de ellos personas capaces de buscar día a
día su propia felicidad,
y capaces de procurar también, felicidad a las personas que
los rodean.
Los mayores, muchas veces, no confiamos en la juventud
porque también fuimos jóvenes.
Pero nunca es tarde para enmendar los errores,
en nuestros hijos lo podemos lograr,
poniéndonos como ejemplos,
no de perfección porque no lo somos.
Debemos confiar en ellos y contarles nuestros errores y fra
casos y procurar que ellos entiendan que deben actuar de
manera diferente para no hacer lo mismos.
No somos perfectos, ellos quizá tampoco lleguen a serlo pero
a través del dialogo y la comprensión posiblemente se esfuercen
por mejorar.
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